"La vida no se trata de esperar a que pase la tormenta. Se trata de aprender a bailar en la lluvia " (Vivian Greene)

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lunes, 11 de junio de 2012

La epidemia química

¿Qué comemos? ¿Qué bebemos? ¿Qué respiramos?
¿Qué vivimos?...


No será la primera vez ni última vez que oigo aquella afirmación de que antes se comía mucho mejor, que los alimentos eran más sanos y naturales. Tampoco olvido ese tal "Tratado de Kioto" en el que, según nos hicieron llegar, se había acordado reducir las emisiones de CO2 a límites menos..., más...bueno, no encuentro la palabra. Podemos constatar que la salud de nuestros mayores es envidiable, y que cada vez se están dando casos de patologías en edades en que antes eran muchísimo menos frecuentes. Y es que si hace unos años a partir de los setenta te invitaban a aparecer en las listas de la Seguridad Social, ahora parece que los cincuenta va a ser una edad clave.

¿Acaso alguien se pregunta por los refrigerados, la comida basura, los aditivos, las ondas electromagnéticas? Y es que aunque mucho se habla de recortar, no se piensa en lo correcto. ¿Por qué no actuar en prevención para recortar en sanidad? Debe ser que no interesa que nadie piense en lo que hay a nuestro alrededor, en eso que nos contamina, en eso que nos controla cada día.

Sí, estamos de acuerdo que se hacen campañas de prevención: mmm...melanoma...mmm...gripe...mmm...de vez en cuando del VIH...mmm...¿pezqueñines no gracias?



¿Por qué no dedicar parte del presupuesto a enseñar y concienciar a la población? Peeeeeeeeeeeeeero, lo que es más importante, ¿por qué no AHORRAR parte del presupuesto en tener unos Gobiernos concienciados y unas políticas medio ambientales y de salud adecuadas a los tiempos de hoy en día?

Porque es muy bonito comer, beber, respirar, conectarse a internet en cualquier punto del mundo, pero ¿a costa de qué? ¿Acaso no puede haber progreso sin envenar a la persona, sin acelerar la producción de asmas y alergias, sin aumentar la infertilidad o algunos tipos de cánceres? Porque los plaguicidas e insecticidas utilizados en el campo "artificial" que se evitan en la huerta de toda la vida, intoxican. Porque también junto a los estrógenos sintéticos utilizados en los plásticos de objetos utilizados diariamente como son los CDs, de conservas, bebidas, producen subfertilidad. Porque las redes de telefonía móvil, así como las de alta tensión, las ondas de tu inofensivo router o el microondas, producen cánceres. Porque el tabaco, activo o pasivo, produce el 90 % de los cánceres de pulmón y el 30 % de los accidentes cardiovasculares. Porque la obesidad entre los tres y quince años es un factor de riesgo para la obesidad adulta, con sus riesgos concomitantes. Porque el volumen te deja sordo, las ondas de tus auriculares o el altavoz de tu móvil, con cáncer, y la velocidad tetrapléjico. Y es que hasta la televisión, trastornos psiquiátricos y pubertad precoz por el estímulo de melatonina en sesiones continuadas.


¿Dónde están los estudios? ¿No hay? Sí, pero se esconden. Está claro que sacar a la luz cierta información sería perjudicial para las grandes empresas. ¿Modificar la longitud de onda que utiliza la red wifi? Ya tuvieron su momento ¿Colocar antenas lejos de la población? Demasiado caro a corto plazo. ¿Crear una división Ministerial de control de aditivos cancerígenos y uso de productos químicos en la alimentación? Uff...qué pereza. ¿Fabricar bien un microondas? No, eso que me ahorro ¿Obligar a una fast food de calidad? Se me comerían los restaurantes ¿Por qué no crear un plan contra la obesidad (infantil y adulta) con normas lógicas para los comedores? Rieeeen ¿Aumentar el control de las drogas, y yendo más allá, ilegalizando el tabaco y el alcohol? Directamente, no interesa, ¡qué salvajada acabo de decir! ¿Fijar un límite de velocidad en los automóviles adecuado? No tengo respuesta porque sigo sin saber por qué tienen como límite de velocidad 300 km/h. ¿Realizar un buen planning de transporte público tanto para particulares como para empresas privadas? Y que no gasten en gasolina récord.

Y es que ya no sólo hablamos de incluir en el colegio e instituto la asignatura de "Primeros Auxilios Básicos" que tanto beneficio haría a la sociedad, o de intentar concienciar al futuro paciente de cuándo ir a urgencias del centro de salud, del hospital o a tu médico de cabecera. De esas prácticas de riesgo que no se deben realizar, de la importancia de la vacunación, de que la donación de órganos salva vidas, que una dieta más ejercicio ahorra más que un disgusto y que eliminar el tabaco y el alcohol de tu vida aumenta la supervivencia.

No, no sólo hablamos de eso. Hablamos de crear salud, de fomentar buenos hábitos y fundamentalmente de eliminar los contaminantes sobre los que no tenemos, como personitas que somos, ninguna posibilidad de actuación. ¿Por qué no preocuparse de ello? Ahí está la fe de cada uno, y el desinterés de todos nuestros Gobiernos. Mucha OMS, mucha ONU, y alguna cosa que interesa, en el tintero.



Todo esto viene a que, aparte de desahogarme en estos tiempos de crisis existencial periexamenística, por una entrevista a Carlos de Prada por su libro La Epidemia Química. La crisis de salud producida por la contaminación química cotidiana. Un llamamiento a una acción urgente, de Ediciones I, en el programa "Luces en la oscuridad" de Pedro Riba en ABC Punto Radio. Aprendí, me indigné y me calmé para dormir en tranquilidad. Prometo leermelo este verano, porque no dudo que será de mi agrado. Os dejo la entrevista para que la escuchéis. Altamente recomendada.




domingo, 12 de febrero de 2012

Historias con S

El sábado día 4 de Febrero fue el Día Mundial contra el Cáncer. Podría decirse que llego tarde a la cita, aunque desde mi punto de vista nunca es tarde para tomar conciencia de la enfermedad. Debería estar presente dentro de nosotros cada día y que no existiera una fecha que nos hiciera caer en su cuenta. Sin embargo, gracias a ella, son millones de personas las que, al menos durante 24 horas, son un poco más conscientes de lo que hay a nuestro alrededor, y seguro que en más de uno, en un círculo mucho más cercano del que nos gustaría. Desde el punto de vista médico puede desglosarse en multitud de clasificaciones, desde su tipo anatómico, histológico, su mejor o peor pronóstico o la posibilidad de un buen tratamiento. Pero esta entrada, y sobre todo, este día, no es para ponerse tecnicista, sino para mirar más allá, a las personas afectadas, a los familiares, a los amigos... Una dedicación de asombro, de admiración a esas personas que son luchadoras frente a la adversidad, que creen en el poder de la esperanza y que nunca se riden. No es una cuestión de clasificaciones sino de un conjunto de personas afectadas por una enfermedad que cambia lo escrito en las cartas del destino de cada una de ellas.

Tuve el privilegio de rotar por el Servicio de Oncología durante un periodo de prácticas de Patología General el año pasado. Pero no fue un periodo cualquiera, sino que fue la primera vez que pisé un hospital y sobre donde voy construyendo lo que me voy convirtiendo cada día. Caí en las manos de uno de los mejores médicos que he conocido hasta ahora. Fue él quién me inició en esta aventura diaria en la que nos encontramos. Me enseñó las bases de una buena historia clínica, una exploración completa y dedicaba un montón de tiempo a hacerme comprender cada una de las estructuras que podemos ver en un TAC con el fin de que no se me pasara ni un solo detalle. Con él pisé mi primera consulta, pasé por primera vez planta y hablé, incluso a solas, con algún paciente. Pero no se quedó ahí. Me enseñó que el nombre del paciente va siempre por delante, que no son simples números en serie, y que siempre hay que tratar desde el respeto y la comprensión. Me enseñó que las pruebas médicas son importantes, pero no más que el enfermo ni sus propios familiares. Que los silencios, a veces, dicen más que las palabras, y que otras de las veces, la relación médico-paciente debía quedarse entre ellos, sin nadie más a su alrededor.

Siempre recordaré mi primer paciente, mi primera Hª y por supuesto, mi primera HISTORIA. La historia de una hija que se desahoga en nuestra compañía llorando por su madre ingresada  "por una gripe", donde una metástasis en el cerebelo de un cáncer de pulmón no para de crecer. O el momento en el que un instestino deja de luchar en una recidiva de cáncer de colon en una paciente de 40 años y 3 hijos. Los "tú vas a ser un gran médico, estudia, pero sobre todo, pórtate bien con nosotros, los pacientes" se me clavaron bien en el fondo y no están dispuestos a salir, al igual que mis recuerdos de la mano de mi médico rellenando los infinitos papeles de la quimioterapia. Pero no todo es negro, y en ese servicio me he emocionado, y también me he reído. Y es que hay pacientes en los que su pronóstico ha aguantado cinco veces más lo previsto, conservándoles en el estado de unos chavales jóvenes o aquellos a los que tienes el placer de darles el alta tras unas cuantas sesiones de radioterapia. Sin embargo, todos tienen algo en común: puedes ver el miedo en sus ojos. El terror, el pánico, la incertidumbre, el qué me pasará.  Miedo no a peder el pelo, a que se le arrugue al piel o a lo incómodo que uno puede estar en el hospital. Sino miedo porque quizás no pueda ver a sus hijos crecer, no pueda seguir disfrutando de un nuevo amanecer o el final llegue antes de lo esperado. Y es por eso que siempre debe haber allí, delante o a su lado, sentado o de pie, agarrándole la mano o tocando un hombro, alguien que les transmita la confianza que necesitan, que les de una palabra de aliento, un ánimo para afrontar lo que ha caído encima inesperadamente para que cambie el brillo de sus ojos hacia un nuevo destino, la esperanza. Sólo hay algo de lo que me apeno cada uno de los días que pasan. Primeras prácticas de mi vida, primeras historias, primeros pacientes, nervios de hacerlo bien, que probablemente me hicieran estar muchas veces más pendiente de la técnica que de saber a lo que me estaba enfrentando. Sólo dar gracias a aquél médico, doctor, a esa gran persona que me supo guiar por el camino de mi primera vez en ese pasillo tan especial.

Hoy en día, gracias a Dios, el cáncer no es una enfermedad avergonzante, que deba recluírse por miedo al qué dirán, sino que corre a viva voz por la sociedad, las redes sociales, la televisión o el cine. Y precisamente éstas últimas puedne hacer un gran valor social si nos cuentan la realidad. Son muchas las series de televisión y películas que han tratado de una u otra forma el cáncer. Actualmente tenemos entre ellas Maktub o toda la temporada recién emitida de Cuéntame cómo pasó, donde podemos ver cómo ha ido evolucionando el tema hasta la actualidad. Ayer me quedé en el capítulo cinco de Pulseras Rojas (Polseres Vermelles), serie que os recomiendo infinitamente a todos. Una serie que cuenta la historia de unos niños que conviven en el hospital por diversas causas, dos de ellos por cáncer guiándonos en su día a día apoyados de la amistad, el amor, la necesidad de la risa y de creer que todo puede ir bien. Una serie donde los médicos ceden a los pacientes todo el protagonismo y que hace emocionarnos en cada uno de los capítulos.


Cuando el diagnóstico de cáncer cae sobre la cabeza, muchos se agarran a la fe, la medicina e incluso a Campanilla. Pero te agarres a lo que te agarres nunca debes olvidar que debes aferrarte a la vida. Luchar con ambas manos, con corazón y cabeza. No decaer, no rendirse a manos de una célula considerada inmortal, porque al final de la lucha podría encontrar su punto débil.

Porque en todo este tiempo la medicina ha evolucionado muchísimo, y ojalá pueda seguir haciéndolo de una manera vertiginosa para que nadie se quede con el calificativo de tarde. Prevención precoz, donaciones, lucha.

Pero sobre todo, y muy importante, hay que luchar para que cada vez sean más las Historias con S, con S de SUPERACIÓN.


(El video original mucho más emotivo por Stacey Kramer,
Que toda tu risa le gane
ese pulso al dolor[...]

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