El sábado día 4 de Febrero fue el Día Mundial contra el Cáncer. Podría decirse que llego tarde a la cita, aunque desde mi punto de vista nunca es tarde para tomar conciencia de la enfermedad. Debería estar presente dentro de nosotros cada día y que no existiera una fecha que nos hiciera caer en su cuenta. Sin embargo, gracias a ella, son millones de personas las que, al menos durante 24 horas, son un poco más conscientes de lo que hay a nuestro alrededor, y seguro que en más de uno, en un círculo mucho más cercano del que nos gustaría. Desde el punto de vista médico puede desglosarse en multitud de clasificaciones, desde su tipo anatómico, histológico, su mejor o peor pronóstico o la posibilidad de un buen tratamiento. Pero esta entrada, y sobre todo, este día, no es para ponerse tecnicista, sino para mirar más allá, a las personas afectadas, a los familiares, a los amigos... Una dedicación de asombro, de admiración a esas personas que son luchadoras frente a la adversidad, que creen en el poder de la esperanza y que nunca se riden. No es una cuestión de clasificaciones sino de un conjunto de personas afectadas por una enfermedad que cambia lo escrito en las cartas del destino de cada una de ellas.
Tuve el privilegio de rotar por el Servicio de Oncología durante un periodo de prácticas de Patología General el año pasado. Pero no fue un periodo cualquiera, sino que fue la primera vez que pisé un hospital y sobre donde voy construyendo lo que me voy convirtiendo cada día. Caí en las manos de uno de los mejores médicos que he conocido hasta ahora. Fue él quién me inició en esta aventura diaria en la que nos encontramos. Me enseñó las bases de una buena historia clínica, una exploración completa y dedicaba un montón de tiempo a hacerme comprender cada una de las estructuras que podemos ver en un TAC con el fin de que no se me pasara ni un solo detalle. Con él pisé mi primera consulta, pasé por primera vez planta y hablé, incluso a solas, con algún paciente. Pero no se quedó ahí. Me enseñó que el nombre del paciente va siempre por delante, que no son simples números en serie, y que siempre hay que tratar desde el respeto y la comprensión. Me enseñó que las pruebas médicas son importantes, pero no más que el enfermo ni sus propios familiares. Que los silencios, a veces, dicen más que las palabras, y que otras de las veces, la relación médico-paciente debía quedarse entre ellos, sin nadie más a su alrededor.
Siempre recordaré mi primer paciente, mi primera Hª y por supuesto, mi primera HISTORIA. La historia de una hija que se desahoga en nuestra compañía llorando por su madre ingresada "por una gripe", donde una metástasis en el cerebelo de un cáncer de pulmón no para de crecer. O el momento en el que un instestino deja de luchar en una recidiva de cáncer de colon en una paciente de 40 años y 3 hijos. Los "tú vas a ser un gran médico, estudia, pero sobre todo, pórtate bien con nosotros, los pacientes" se me clavaron bien en el fondo y no están dispuestos a salir, al igual que mis recuerdos de la mano de mi médico rellenando los infinitos papeles de la quimioterapia. Pero no todo es negro, y en ese servicio me he emocionado, y también me he reído. Y es que hay pacientes en los que su pronóstico ha aguantado cinco veces más lo previsto, conservándoles en el estado de unos chavales jóvenes o aquellos a los que tienes el placer de darles el alta tras unas cuantas sesiones de radioterapia. Sin embargo, todos tienen algo en común: puedes ver el miedo en sus ojos. El terror, el pánico, la incertidumbre, el qué me pasará. Miedo no a peder el pelo, a que se le arrugue al piel o a lo incómodo que uno puede estar en el hospital. Sino miedo porque quizás no pueda ver a sus hijos crecer, no pueda seguir disfrutando de un nuevo amanecer o el final llegue antes de lo esperado. Y es por eso que siempre debe haber allí, delante o a su lado, sentado o de pie, agarrándole la mano o tocando un hombro, alguien que les transmita la confianza que necesitan, que les de una palabra de aliento, un ánimo para afrontar lo que ha caído encima inesperadamente para que cambie el brillo de sus ojos hacia un nuevo destino, la esperanza. Sólo hay algo de lo que me apeno cada uno de los días que pasan. Primeras prácticas de mi vida, primeras historias, primeros pacientes, nervios de hacerlo bien, que probablemente me hicieran estar muchas veces más pendiente de la técnica que de saber a lo que me estaba enfrentando. Sólo dar gracias a aquél médico, doctor, a esa gran persona que me supo guiar por el camino de mi primera vez en ese pasillo tan especial.
Hoy en día, gracias a Dios, el cáncer no es una enfermedad avergonzante, que deba recluírse por miedo al qué dirán, sino que corre a viva voz por la sociedad, las redes sociales, la televisión o el cine. Y precisamente éstas últimas puedne hacer un gran valor social si nos cuentan la realidad. Son muchas las series de televisión y películas que han tratado de una u otra forma el cáncer. Actualmente tenemos entre ellas Maktub o toda la temporada recién emitida de Cuéntame cómo pasó, donde podemos ver cómo ha ido evolucionando el tema hasta la actualidad. Ayer me quedé en el capítulo cinco de Pulseras Rojas (Polseres Vermelles), serie que os recomiendo infinitamente a todos. Una serie que cuenta la historia de unos niños que conviven en el hospital por diversas causas, dos de ellos por cáncer guiándonos en su día a día apoyados de la amistad, el amor, la necesidad de la risa y de creer que todo puede ir bien. Una serie donde los médicos ceden a los pacientes todo el protagonismo y que hace emocionarnos en cada uno de los capítulos.
Cuando el diagnóstico de cáncer cae sobre la cabeza, muchos se agarran a la fe, la medicina e incluso a Campanilla. Pero te agarres a lo que te agarres nunca debes olvidar que debes aferrarte a la vida. Luchar con ambas manos, con corazón y cabeza. No decaer, no rendirse a manos de una célula considerada inmortal, porque al final de la lucha podría encontrar su punto débil.
Porque en todo este tiempo la medicina ha evolucionado muchísimo, y ojalá pueda seguir haciéndolo de una manera vertiginosa para que nadie se quede con el calificativo de tarde. Prevención precoz, donaciones, lucha.
Pero sobre todo, y muy importante, hay que luchar para que cada vez sean más las Historias con S, con S de SUPERACIÓN.
(El video original mucho más emotivo por Stacey Kramer,
Que toda tu risa le gane
ese pulso al dolor[...]




